Invisibles

07 Mar 2019, por Vanina Hofman en Destacados, Noticias

El pasado 6 de marzo salió publicado el siguiente artículo “Lo que esconde el espectáculo del ‘youtuber’ que restaura obras de arte” en el diario español El País. La nota busca dar voz al colectivo de conservadores-restauradores quienes por un lado, consideran necesaria la visibilización de su trabajo pero, por otro, no creen que deba hacerse a cualquier precio. Ese “cualquier precio” está ejemplificado por varios casos (tales como el proceso de limpieza de ‘El Paraíso’, de Tintoretto, en el hall del Museo Thyssen-Bornemisza), pero principalmente encarnada en la mencionada nota periodística por la figura del restaurador norteamericano Baumgartner.

Este último expone su proceso de trabajo en las redes sociales: un influencer de la preservación. Sus detractores el achacan priorizar el espectáculo por sobre el rigor científico-técnico de la profesión. Incluso banalizarla. Y, peor aún, poner en riesgo aquellas obras que busca salvaguardar, utilizando métodos rápidos, antiguos o divergentes en relación a los consensos éticos del gremio.

Es cierto que los Departamentos de conservación-restauración llegan rezagados a la apertura general de los museos y a su transformación de ‘templos del saber’ a servicios públicos que deben atender a las necesidades de una comunidad con múltiples públicos, articulando saberes dispares y generando nuevas aproximaciones al arte (y al mismo museo). Pero, ¿cómo pueden abrirse y exponerse las vísceras del museo, si se me permite tal analogía? Su acervo, su tesoro; su patrimonio. ¿Cómo puede premiarse la invisibilidad (de las incursiones de los conservadores en las obras), y al mismo tiempo exponer su proceso de trabajo (que revela su mano creadora, bien nos guste o no)? Los recientes avances en los protocolos de conservación tienden a ser poco intervencionistas en la obra. Las necesidades de la institución-museo necesita hacer pedagogía y espectáculo de cada aspecto de su constitución. Puede que la pregunta planteada se base en una falsa paradoja. Pero la tensión es palpable, y han aparecido y seguirán emergiendo múltiples respuestas a la misma.

Los desafíos entre la línea contínua que supone la visibilización absoluta y la ocultación adrede de los procesos de restauración se tornan aún más problemáticos en el arte de los medios. En otro momento he escrito sobre estas prácticas, que ya no permiten las manos invisibles. La obsolescencia de sus tecnologías, por citar solo la causa más remanida, conlleva procesos de migración, emulación, reconstrucción y otras estrategias que no dejarán indiferente ni al visitante más distraído. Se requiere intervención, y se buscan formas para que la misma no “desconecte” la obra de su creador/a, a través de entrevistas y documentos que dejen constancia de la ‘intención’ que subyace la obra y las mutaciones materiales y tecnológicas admitidas.

Cierro este comentario citando el último párrafo del artículo de El País:

Porque para hacer una buena traducción de Tolstoi, no basta con hablar bien el ruso. Tanto traductores como restauradores deben dejar la obra original con todo su potencial intacto. Lo importante no es el traductor, sino el escritor. Lo importante no es el brochazo para limpiar de un golpe, sino el estudio y la investigación de la técnica de quien firmó la obra.

¿Lo importante, realmente, no es el traductor?

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