BLOG

maquina O maravilloso

16 Feb 2009, por taxonomedia en Investigación y proyectos

Un proyecto de investigación que llevamos adelante con Valentina Montero en el 2009, que resultó en una base de datos con más de veinte entrevistas audiovisuales, transcriptas y traucidas al castellano y al catalán, realizado con el apoyo del consejo de las artes de la Generalit de Catalunya… Y el texto que le deba origen decía así:

 

Las mujeres y las TIC: la jaula digital

Grate Stern

Grate Stern

En la actualidad la tecnología se relacionan con casi todos los ámbitos de nuestras vidas. El cambio tecnológico ha derivado en un nuevo paradigma informacional que dio lugar a la sociedad red (Castells, 2006). Este cambio de cosmovisión se considera un proceso irreversible y es utilizado como índice del progreso de una sociedad. De aquí se desprende que las ventajas que propicia esta nueva sociedad ultra conectada no es homogéneo ni geográfica ni en muchos otros aspectos: podemos corroborar que las nuevas formas de trabajo en la economía del conocimiento repiten los viejos modelos de explotación (Wjacman, 2006). Y deberíamos agregar que añaden nuevas desigualdades. Haciendo un paralelismo entre la globalización y la tecnología, tanto en una como en otra se da el hecho de que, aunque no todos somos parte o accedemos a ellas, todos nos vemos afectados por su existencia. Y si incluimos aquí la comunicación, que hoy también esta globalizada, podemos decir que aunque los productos mediáticos circulen a nivel internacional, esa circulación es un proceso estructurado en el que no todas las instituciones ni todas las regiones del mundo tienen el mismo peso (Thompson, 1998).

Estas disparidades que el acceso a la tecnología acarrea, se han denominado brecha digital. Tal como puntualizan con mucha claridad Adriana Gil y Montse Vall-llovera: “En el ámbito de las tecnologías de la información y la comunicación que actualmente determina nuestras vidas, se ha venido denominando brecha digital a las barreras, fundamentalmente socioeconómicas, que impiden el acceso a las TIC a determinados colectivos o regiones”. Pero luego agregan algo que es particularmente relevante para este trabajo: “…entre las barreras que dificultan el uso tecnológico, el género parece evidenciarse como un impedimento central, y tan reiterativo que algunos autores y autoras lo llaman la segunda brecha digital” (2009).

Por tanto, además de esta brecha producto de las diferencias entre países “ricos” y países “pobres”, o mejor dicho entre ricos y pobres independientemente del lugar del mundo en el que se encuentren, aparecen otras brechas, vinculadas no al acceso, si no al uso. ¿Quién produce contenidos? O en palabras de Thompson: ¿Quiénes “suministran bienes simbólicos” y quienes son receptores de los mismos?

Volviendo a las reflexiones de Gil y Vall-llovera, diremos que una larga historia de inequidades y oportunidades vedadas a las mujeres en el marco de una sociedad que ha sido construida desde una perspectiva masculina ha derivado en que muchas de ellas se encuentren carentes y limitadas para acceder a determinados espacios dentro de la misma. Y esta situación es extensible al uso de las tecnologías. Según las estadísticas proporcionadas por Imma Tubella en su texto sobre media y globalización el número de internautas se duplica anualmente. En 1973 había 25 ordenadores conectados a la red; en 1995 el número suma 44.000; y en el 2003, 700 millones. Estas cifras son un claro exponente del poder de la globalización de la tecnología y nos llevan directa e inevitablemente a plantearnos si la digitalización del mundo está siendo acompañada de una mayor participación de las mujeres en las redes. Pero, sobre todo, de qué índole es este acercamiento. Puesto que no es lo mismo participar en la sociedad en red como tele-operaria o cajera que como un agente activo de la misma (Zafra, 2005).

Si consideramos como válida la premisa que enunciamos líneas más arriba que propone que las sociedades modernas son masculinas, y el diseño de las tecnologías que nos acompañan también lo son, el rezago de las mujeres para acceder y apropiarse de ellas no puede omitir que el problema de acceso es también un asunto de cosmovisión. Y entonces, podría ocurrir que esta diferencia que encontramos en el modo o formato de uso de hombres y mujeres o niños y niñas tenga que ver con un profundo problema de “sentido” (Gil y Vall-llovera, 2009). Forzar una mayor adaptación al mundo masculinizado de las niñas y mujeres, no solamente no resuelve la brecha de la cual estamos hablando si no que podría profundizarla al no considerar las causas subyacentes a cierta reticencia al uso de una tecnología “masculina”. Por el contario, habría que intentar subsanarlo desde el diálogo y la confrontación de intereses.

En este punto, nos parece importante rescatar que esta dificultad de las mujeres de adaptación a un modelo que no les es propio, se puede comprobar en otro tipo de casos como las propuestas alternativas a la PC (Personal Computer). Tenemos interiorizado el PC como la forma por excelencia de un ordenador de la misma forma que también reproducimos otras ideas vinculadas a la informática como si fueran naturales o intrínsecas al propio desarrollo de la tecnología (y no un modelo posible entre muchos otros potenciales). Los teóricos de la segunda brecha digital evidencian una vez más que las TIC no son inocentes y que sus lenguajes y códigos no son estructuras neutras y meros conectores (Gil y Vall-llovera 2009). Y todas las industrias de la informática (tanto de software como de hardware) se producen y reproducen estas ideologías, inclusive de forma automatizada (Zafra, 2005).

Por tanto, hablar de esta segunda brecha digital significa pensar el tipo de tecnologías que usamos y las posibilidades que las mismas nos brindan (nuestra superficie posibilitante). Implica también pensar que si la ciencia y la tecnología de la cual han derivado las TIC están masculinizada (sistema dominante y reglado), ¿cómo desde el arte podríamos utilizar esos mismos medios para crear un discurso reflexivo? Y particularmente, ¿cómo las y los artistas pueden adoptar unas herramientas que supuestamente no le son propias para subvertirlas (“femenizarlas”) y crear con ellas un discurso diferente?

Proponemos entender la idea de lo masculino y lo femenino de una forma figurada, para hacernos eco de las teorías sobre las que estamos trabajando. Por tanto, como símbolo de un mundo estructurado de tal forma en la cual no todos cabemos (brecha digital) ni todos nos sentimos cómodos (segunda brecha digital).

 

El arte y las mujeres: un leve balanceo del sistema

Si las mujeres solieron ser las musas y modelos inspiradoras de los artistas a lo largo de la historia del arte, a partir las vanguardias históricas y más tarde de los movimientos artísticos de la década del sesenta, el campo del arte se ha visto enriquecido por el aporte de la producción femenina. Este cambio vino conjuntamente con otro fenómeno inédito (por su magnitud) en la historia del arte: la aparición de la tecnología que logró modificar y continúa modificando el lenguaje artístico tal y como hemos visto en el apartado anterior.

Tanto las fotógrafas del siglo XIX como las primeras mujeres que experimentaron con vídeo analógico (Martha Rosler, Guerrilla Girls, Pipilotti Rist) mostraron un especial interés en tematizar y problematizar el rol que cumplían en la sociedad desde un discurso que cuestionaba los modelos culturales arraigados en la sociedad occidental. La aparición de las TIC en la década de los noventa junto con las nuevas estrategias artísticas y la apropiación de estos dispositivos tecnológicos por parte de la sociedad en general, y de los artistas en particular, nos propone el desafío de verificar como se han apropiado de estos dispositivos las mujeres y si han generado discurso equiparables a los de sus antecesoras técnicas y analógicas. Y efectivamente nos encontramos con que desde estas nuevas prácticas tecnológicas aplicadas al campo del arte se ha reflexionado sobre las formas de entender la tensión masculino-femenino, pero desde una perspectiva de superación de la mirada dicotómica hombre-mujer, reemplazada por la comprensión del concepto de feminidad como una construcción del lenguaje. En ese ámbito es que el concepto de ciberfeminismo ha sido encumbrado como una posibilidad de comprender el cyborg en los términos planteados por Donna Haraway de un ir más allá en la definición de hombre y mujer, superando con esto, las premisas feministas anteriores a los setenta. Esto en parte por que la propia historia de la tecnología ha ocultado durante mucho tiempo la importancia de las invenciones en la esfera femenina, lo que su vez ha servido “para reforzar el estereotipo cultural que consagra la tecnología como actividad adecuada para los hombres” (Wajcman, 2006).

Pero, ¿cómo se han acercado las mujeres a la tecnología? ¿Qué herramientas utilizan? ¿Qué temas les interesa trabajar? ¿Lo hacen en entornos colaborativos? ¿Arte, mujer y tecnología es una categoría válida o es una forma de alimentar la segunda brecha digital?

El trabajo de un gran número de artistas, comisarias y teóricas trabajando actualmente con tecnología en Cataluña entre ellas Remedios Zafra, Nuria Verges, Eva Cruel, Alba G. Corral, Lilia Villafuerte, el colectivo Corpus Deleicti, Lucía Egaña, Perla Montelongo, Nuria Canal, Rosa Sánchez (Konic Thtr), etc. nos ha inspirado a entrevistarlas y hacerles estas y otras preguntas. Y hemos podido ver cuestiones como que las mujeres activistas no viven el uso de la tecnología de la misma forma que las que no lo son. Para los grupos de feministas –en general- el dominio en el uso de la tecnología y los programas de código libre, forma parte de la emancipación y del cambio de paradigma tecnológico al que hay que arribar. Para aquellas quienes no han llegado a ese punto en cuanto a sus conocimientos tecnológicos, se convierte, como mínimo, en un meta deseable: “Esto nos da vergüenza decirlo porqué no es nada software libre. Bueno ahora mismo usamos poco, a partir de lo que tenemos, yo tengo un Mac y hacemos cosas con el iMovie, así súper sencillo” (Corpus Delecti).

Por el contrario, la mayoría de las chicas no activistas no encuentran un problema en tener buenas ideas y llamar a un chico (o chica) para que se las programe. Pero inclusive aquellas que programan como el caso de Alba G. Corral quien proviene del mundo de la informática no concibe que en las nuevas generaciones la apropiación tecnológica sea disímil y nos dice: “Y sí hay ahora más mujeres, pero porque estamos en otra generación, y las herramientas como Processing han entrado en las escuelas, han entrado en las galerías, han entrado en los conciertos. Entonces, en todos estos lugares hay mujeres, y por tanto las mujeres van a trabajar con ello, pero no por ser mujeres específicamente. No sé, las personas se interesan y hay mujeres y hombres y pagan igual las matrículas las mujeres que los hombres, y los impuestos lo mismo, entonces ya está”.

Los temas que les interesa abarcar en su obras son variados, pero son muy pocas las mujeres que no han considero directa o indirectamente a lo largo de su trayectoria profesional reflexionar sobre el tema de género, o bien sobre sus propios cuerpos como una tecnología: “Soy directora, dirijo un proyecto (…) intento que sean la mayoría mujeres, y bueno soy consciente de toda la problemática que vivimos solo por el hecho de ser mujeres y de trabajar en contexto tecnológico, (…) pero la temática de mis proyectos no han seguido directamente vinculadas a la temática de género, aunque siempre trabajo en relación al cuerpo, exploraciones sobre el cuerpo humano, y sobre todo el cuerpo femenino” (Rosa Sánchez).

Muchas coinciden en el tema de las cuestiones aprehendidas y que debemos eliminar o repensar: “…lo que nos encontramos es que existe todavía esa dicotomía entre el chico que está más formado técnicamente y, la chica que es muy creativa pero que no tiene esos conocimientos y, creo que ahí hay una cuestión fundamental que es la de “las herencias en los estereotipos” y es algo muy perverso en nuestro sistema actual, en el sentido de que no se trata solamente de que se te da un acceso a usar algo, se trata de como se van construyendo las motivaciones y los deseos de las persona…” (Remedios Zafra).

En cuanto a la categorización “arte, mujer y tecnología” algunas opinan que sirve para afianzar la presencia de mujeres en este campo y que hasta que exista una igualdad real hay que seguir trabajando desde esa perspectiva, visibilizando el trabajo de las mujeres. En cambio otras consideran una contradicción la categoría en relación al supuesto problema de la segregación.

Lo importante es que todas, independiente de su postura, con su trabajo demuestran que la mujer sí tiene un rol y se vincula con la tecnología, y en muchos casos de una manera muy creativa y muy libre.

Por una mirada plural: maquina o maravilloso

Por un lado, nos encontramos con posturas que ven en las TIC una puerta abierta hacia nuevos modelos de sociedad, si se quiere, más equitativo. Se las lee como un espacio de disidencia, de expresión, de cambio. En el propio campo del arte han permitido y acompañado la reflexión sobre el mundo que nos ha tocado vivir. Por otro lado, nos encontramos con la idea de que las tecnologías no han hecho tanto por la equidad de derechos y que por el contrario ha exacerbado el modelo dominante. Por tanto, y tal como hemos puntualizado anteriormente, hablar de la apropiación de la mujer-artista de la tecnología, significa primero plantearse cómo es esa tecnología y desde que perspectiva ha sido generada. Zafra, y junto con ella muchos otros teóricos, nos recuerdan que el ordenador no puede ser considerado una máquina neutral, ni un artefacto construido al margen de las estructuras sociales aceptadas y amparados por la idea generalizada de que la ciencia y su discurso son transparentes y objetivos.

“¿Existe alguna alternativa más allá de estas dos opciones limitadas: rechazar de plano las tecnologías existentes o adoptar sin sentido crítico el cambio tecnológico?” (Wajcman, 2006) Tal vez la mirada feminista intenta abrirse camino entre estos polos opuesto de los utopistas y anti-utopistas tecnológicos (o tecnófobos y tecnófilos).Cuando Thompson critica -muy lúcidamente- la teoría del imperialismo cultural de Schiller utiliza como ejemplo la postura de éste último en relación a que los dispositivos tecnológicos fabricados en EEUU son invasores del mercado de los países del Tercer mundo, lo que pone en jaque sus costumbres, sus modos de vida y su identidad derivada de un mundo supuestamente tradicional o incluso tribal. Thompson nos recuerda brevemente la historia, una historia llena de encuentros y mestizaje, de unos pueblos que en su mayoría –porque no todos- han sido y se han ido transformando muchas veces a lo largo de la historia con el encuentro y desencuentro violento con otras culturas. El autor no pretende ocultar que la globalización de la comunicación puede dar lugar a nuevos modos de dominio cultural, pero recalca que no podemos entender estas nuevas formas ni sus consecuencias si consideramos que las culturas “anteriores” estaban a salvo de los valores impuestos desde el exterior. La idea de imperialismo cultural destaca una aproximación demasiado simplista a los procesos de recepción y apropiación de contenidos (Thompson, 1998). Esta reflexión que parte de la teoría hermenéutica, nos ha llevado a considerar que tal vez, para el caso de las mujeres se abriría una puerta si pudiéramos pensar su relación con la tecnología de esa misma manera. Existe un paralelismo en la idea de una relación de poder asimétrica (países productores de tecnología o países invadidos por la tecnología – construcción de la sociedad a través de una cosmovisión masculina o cosmovisión plural del mundo) y esa compresión de la historia, nos tiene que dar herramientas a futuro.

Con esto en mente se hace evidente que no son solo las mujeres las únicas que deben explorar la construcción (y los mensajes implícitos) de la tecnología y negociar su contenido simbólico con ella, si no que es algo propio a todas las personas y particularmente (y en forma más consciente) a aquellas que pretenden un discurso crítico. Una actitud feminista (pese a la contradicción del propio término) debe erigirse realmente como una postura pluralista que entienda las limitaciones de un sistema en su dimensión histórica, y utilice ese saber para adecuar el imaginario tecnológico a las necesidades de los distintos usuarios/productores. Con ello se generarán nuevos modelos de uso que podrían derivar en nuevos modelos de producción, aunque no parezca ser ese el orden del circuito en el mundo global. Particularmente en el caso del arte estos límites y estos modelos tienen que ser necesariamente cuestionados, porque esa es su función simbólica, como una de las prácticas que aún nos quedan para otorgar un tiempo de reflexión al mundo.

 

Vanina Hofman & Valentina Montero

DÉJANOS TU OPINIÓN

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.